El Sr. Smith

cafe

El Sr. Smith siempre se sentaba en la misma mesa, con su traje oscuro y sus zapatos brillantes por el betún del limpiabotas de la esquina. Con la misma y anticuada pajarita que combinaba bien con las profundas arrugas de su rostro, y ese ligero temblor de su mano al levantar su café de todas las mañanas. Con unos pantalones oscuros y desgastados por el tiempo, que tintineaban al andar por el choque de unas monedas de euro. Solo un detalle escapaba a la rutina ese día. Un pequeño pañuelo de color verde que sobresalía del bolsillo de su chaqueta, y que ejercía un extraño contraste con el resto de su vestimenta.

Sus profundos ojos azules escrutaban la plaza central a través del cristal con las letras sobreimpresas del café Esperanza. Le gustaba espiar los movimientos de las personas, sus expresiones; jugaba a descubrir la historia de su vida por el modo en el que andaban, en los leves tics de sus manos o en la forma en la que sujetaban el bolso o la cartera. A veces descubría alguna mirada sospechosa, algún interés repentino en el cristal del café, y ocultaba de inmediato su nariz tras la taza caliente.

Las campanas de la Gran Iglesia repicaron doce veces, por las doce horas del mediodía de un diecisiete de marzo. En el suelo empedrado de la plaza retumbaban los pasos de cientos de ciudadanos; por fin había llegado el buen tiempo. El Sr. Smith se molestó por una pareja de enamorados que se acababa de sentar delante del cristal, en la terraza recién puesta. Tapaban parcialmente su vista de la plaza y expresaban su amor de una forma demasiado alegre. Pero no dijo nada. Hacía varios años que el Sr. Smith reducía su habla a lo esencial, y a veces toda la comunicación del día se reducía a la emisión de un par de gruñidos y unos movimientos de cabeza. En el café Esperanza ya sabían su pedido de todas las mañanas, y le traían en silencio su café caliente con demasiada agua, al mejor estilo americano.

Le gustaba pasar por encima de las noticias del periódico, y sonreír de medio pelo cada vez que veía alguna noticia que creía manipulada por la mano negra de los gobiernos. Pero ya no le interesaban los conflictos bélicos ni las grandes noticias de desastres. Solo se detenía en las noticias económicas y en los movimientos de las grandes empresas, y también en los últimos resultados deportivos de su equipo cuando coincidía la resaca del partido. Se tapó la cara con el panfleto, cansado de ver en primera línea los besos que se daban aquellos jóvenes. Él también había besado así, tiempo atrás. Pero más mentiroso y menos ingenuo. Ahora le molestaba ver cualquier expresión de calor humano. Chasqueó los dientes en un gesto muy repetido, y arrastró sus ojos por una pequeña columna dedicada al día de San Patricio. Toda Irlanda se teñía de verde al otro lado del océano.

El leve golpe de un plato en la mesa le hizo retirar su mirada del periódico. El camarero ya se estaba dando la vuelta cuando el Sr. Smith comenzó a protestar.

-Yo no he pedido…

Las palabras se fueron apagando en su boca. Un plato rebosante de pescado rebozado y patatas fritas le esperaban al otro lado. Dobló con cuidado el periódico en la mesa y luego miró una última vez a través del cristal. Sus ojos azules miraron a través del océano en una dirección concreta, buscando en los tejados bajos de la plaza una expresión conocida. No la vio, pero tampoco le hizo falta. Sabía su destino, antes de que la bala le atravesara la frente en un ángulo perfecto, antes de que dejara un agujero del tamaño de una moneda en el cristal y de que pasara rozando los labios de los enamorados que buscaban un nuevo beso; antes incluso de que un dedo estilizado y femenino que nunca había temblado apretara el gatillo.

-Perdón -escribieron en silencio los labios del Sr. Smith. Y eso fue todo.

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